Cuando conocí al gringo Brett yo debía de tener 14 años y el mas o menos 150. O al menos eso me parecía.
Tenia el rostro lleno den profundas arrugas que le cubrían casi toda su piel que alguna vez fue la típica piel de alguien nacido en Inglaterra pero que en ese momento tenia muchos días bajo el sol inclemente de Lima.
Pero el gringo Brett no era viejo realmente. El gringo Brett apenas rozaba los 40 años a pesar que, como dije antes, parecía mucho mayor.
Nadie sabia exactamente hace cuantos años vivía al borde del océano en ese país que no era el suyo. Y el tampoco contaba nada acerca de eso. Lo único que decía cuando alguien le preguntaba era que un día llego a correr tabla y se enamoró de esa ciudad y de ese país, y sobre todo de ese frío mar.
- un día vine y el mar me dijo que me quedara – nos contó un día del verano de 1985.
El gringo Brett era un hombre libre. Cada mañana tomaba su tabla y se metía al océano pacifico buscando las olas que el viento matinal traía al litoral de mi ciudad. Con su viejo traje de neopreno gris y azul y su gran tabla de una sola quilla bajaba por los acantilados de Lima y cruzando indolente la carretera llena de autos que lo separaba del mar, se metía sin dudarlo ni un segundo a las frías olas. No importaba la hora ni tampoco la temperatura del agua, inevitablemente el gringo Brett buscaba convertirse en uno con el océano. Y vaya que lo lograba.
Nadie como el para enfrentar la ola dándole la espalda. La ola de la costa limeña rompe hacia la derecha pero el era zurdo y no le quedaba otra alternativa que no ver el muro de agua que poco a poco se iba cerrando frente a el.
Yo era muy joven y muy inexperto cuando lo vi correr por primera vez. Y mirándolo como surcaba las olas y mirando a la gente de su generación yo fui aprendiendo a amar este estilo de vida.
Pero la vida te va ganando y los años te traen nuevas responsabilidades. Poco a poco fui dejando de surfear y me fui metiendo cada día mas en mi carrera. El mar, el cual visitaba cada vez que podía cuando tenia tiempo libre antes de cumplir los 18 años, se fue haciendo un amigo lejano por las responsabilidades que uno va adquiriendo en la vida. Ya cuando cumplí los 25 años deje de correr tabla definitivamente.
Supuse en algún momento que de mi vida que eso estaba bien, que la tabla había sido solo una parte de mi adolescencia y que un profesional no debería de practicar ese tipo de deportes propio de gente que no tiene obligaciones en el mundo real.
Pero el viejo gringo Brett nunca dejó el mar. A veces lo veía cuando manejaba por la autopista que bordea la costa rumbo a mi trabajo. Lo buscaba con mis ojos y siempre estaba allí, cada mañana, con su viejo wet suit gris y su larga tabla, viviendo la vida que todo hombre quiere vivir, con libertad, sin mas compromisos que los que tiene consigo mismo. Yo iba consiguiendo experiencia profesional y días de casado. El iba coleccionando olas y viento en la cara.
Así es la vida, pensaba. El gringo Brett no sabe lo que es responsabilidad, me decía a mi mismo cada día. El cree que es feliz pero no lo es, trataba de convencerme a mi mismo.
Pero yo sabía que eso era mentira.
Un día, semanas antes de que me separara de mi ex esposa, conduciendo por esa autopista camino a mi trabajo volví a ver al gringo Brett surcando las olas como cada mañana con la autoridad de quien conoce el vaivén del agua debajo de su tabla. Lo vi sonriente, con el rostro mas arrugado que nunca y el cabello amarillo quemado por el sol.
Y sin saberlo por que frené mi auto y me estacioné al borde del mar. Y me bajé para sentir el viento en mi rostro.
Y sentí que algo muy dentro de mi quiso despertarse. Pero no lo dejé. NO era el momento.
Me quité los zapatos y la corbata y camine hacia el borde del mar. Supongo que debe de haber sido un espectáculo muy gracioso ver a un tipo con camisa blanca y pantalón de vestir sin zapatos caminando sobre la arena.
Me paré y volví a sentir el viento sobre mi rostro y el olor a mar. Y miré a los demás tablistas que corrían junto al gringo. Muchachos de 15 años, algunos mayores, un par de personas llegando a los 30 tal vez. Algo menores que yo.
Y en ese momento me di cuenta que mi vida era muy triste.
Los vi correr las olas, alegres, libres, haciendo lo que el corazón les pedía. Y me vi a mismo metido en una vida que yo no había deseado y que era la consecuencia directa de siempre hacer lo correcto, de siempre seguir la senda de lo normal.
Y me quede allí parado mirando, con mi camisa blanca y mi pantalón gris que debería de hacer juego con el saco que tenia en el auto.
De repente vi al gringo Brett salir del agua. Seguro querría descansar para luego seguir corriendo.
- Gringo - le dije cuando paso frente a mi – te acuerdas de mi?
El gringo me miró y sonriendo me respondió.
- No, pero supongo que antes corrías tabla aquí.
- Si – le respondí – corrí hasta los 25. Ahora tengo 35. Siempre corríamos con mi hermano y un par de amigos.
- Y seguro ya no corres mas
- No, no tengo tiempo - respondí bajando la cara avergonzado
- Siempre vienen aquí a ver correr a los mas jóvenes gente como tu, que corría y luego lo tuvo que dejar. El sábado y el domingo se junta un gran grupo de gente para correr.
- Si lo se, pero a veces estoy ocupado los fines de semana.
Y el gringo, con una sonrisa en los labios me respondió algo que me dejó helado. Un golpe directo al hígado de mi orgullo
- el problema con ustedes es que nunca han escuchado el sonido del mar
Y tomando su tabla con la mano derecha se alejo de mí, dejándome parado con cara de idiota.
Lo que pasó después lo he contado antes. Me separé y me divorcié y volví a correr tabla. Al principio fue difícil, pero poco a poco volví a ser el de antes. Incluso coincidimos con el gringo algunas veces aunque nunca volvimos a conversar.
No soy el mejor corredor de tabla del mundo pero amo mi deporte y amo ir cada vez que puedo al mar. Lo amé en mis últimos años en Perú y lo sigo amando aquí en Australia.
Es muy difícil explicar para quien no lo ha intentado antes que se siente correr una ola. La sensación de ser uno con el mar, la sensación de poder manejar una fuerza de la naturaleza aunque sea por unos segundos es casi indescriptible. A veces el tiempo se detiene y a veces tu propio cuerpo siente que vuelve a ser el de un muchacho de 14 años.
Espero seguir corriendo muchos años mas. Nunca llegaré a ser tan bueno como el gringo Brett o como cualquier surfista profesional, pero eso hace mucho tiempo dejó de importarme. La libertad que hay sobre una ola es para todos aquellos que queremos sentirla y yo soy uno de ellos…
Incluso a veces cuando estoy corriendo solo en la playa. y tengo un universo turquesa y salado bajo mi cuerpo y una gran bóveda celeste sobre mi cabeza cierro los ojos y creo escuchar la voz del mar que me dice que no me vuelva a ir nunca mas de su reino y que si me porto bien algún día, cuando este en una playa , me dirá que me quede como se lo dijo al gringo Brett hace muchos años…
y ese día sabré que por fin encontré un lugar donde envejecer y sentirme libre con la cara llena de arrugas y el sonido del mar como música de fondo.



